Mi padre enloqueció durante veintiún días en el verano de 2011, tras una operación rutinaria cuyas complicaciones siguen siendo, aún hoy, inexplicables. A lo largo de aquellas tres semanas aseguraba ser Lenin y pedía que lo trataran como tal, llegando a exigir que su informe clínico y las medicinas que le eran suministradas llevasen escrito el nombre de Vladímir Ilich Uliánov. Los médicos accedieron a semejante cambio identitario, aunque continuaron llamándole señor R., algo que sin duda le disgustaba. Por lo demás, su carácter apenas varió, seguía siendo el mismo hombre aguerrido y bromista que de costumbre.
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