Al leer Uroboros surge una pregunta que se antoja inevitable: ¿qué relación existe entre nuestra imaginación y aquello que nos perturba? En este nuevo libro, Bernardo Esquinca decide responderla, siguiendo el rastro de las imágenes, obsesiones y monstruos que han alimentado su literatura desde siempre.
A medio camino entre el ensayo personal y la crónica cultural, los textos que componen este volumen descienden hacia territorios donde conviven el catolicismo jalisciense, la nota roja, los asesinos seriales, los personajes marginales de la ciudad, la cultura pop, los fantasmas, el deseo y las deformaciones del cuerpo. Y aunque cada texto explora un territorio distinto, que a veces se corresponde, en todos se presiente la fascinación por aquello que desestabiliza nuestra idea de normalidad y revela la fragilidad de la civilización.
De Poe y la era victoriana a Shirley Jackson o la nota roja mexicana, hay en estas páginas una capacidad de asombro casi infantil frente al horror, como si lo monstruoso siguiera conservando algo de sagrado y revelador. Además, Esquinca decide ir más allá e integrar al conjunto una novela corta —la misma que da título al libro— donde despliega con maestría una historia de terror rural y ecológico ambientada en un bosque remoto del norte canadiense, para dar cuenta de la violencia latente bajo la realidad cotidiana, el aislamiento, la fragilidad del orden establecido y la persistencia de nuestros impulsos más primitivos.
Como el símbolo que le da nombre, Uroboros es un libro que regresa con vehemencia sobre ciertas obsesiones hasta convertirlas en una mitología personal. Un descenso a las zonas oscuras de la imaginación, allí donde el miedo, el deseo y la literatura terminan por confundirse.
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