Pocas obras han tenido el impacto simbólico, cultural e incluso político que tiene hasta la fecha Mil novecientos ochenta y cuatro, la distopía publicada por George Orwell en 1949, en la que se detalla una sociedad futura gobernada por la figura omnipresente del Gran Hermano, dispuesta por doquier en carteles que parecen mirar en todas direcciones bajo el inquietante eslogan: «EL GRAN HERMANO TE VIGILA».
En esta sociedad —definida por la Policía del Pensamiento y rituales políticos como los Dos Minutos de Odio— vive Winston Smith, un funcionario del Partido que trabaja en el Ministerio de la Verdad alterando y falsificando registros del presente y del pasado para que concuerden con la siempre cambiante versión oficial que promulga el Partido. Consciente de ser una minoría de uno, Winston comete la peor de las herejías posibles: abrir un diario en el que lleva registro de sus pensamientos privados, así como vivir un enamoramiento prohibido con Julia, quien representa la rebelión del cuerpo humano en contra de los sistemas que —como el de la escalofriante sociedad delineada por Orwell— se proponen negarlo y reducirlo a ser un engranaje de la maquinaria que se alimenta de seres humanos para beneficio del poder. Como sucede con los grandes clásicos, Mil novecientos ochenta y cuatro tiene cada vez mayor vigencia, pues los mecanismos que advirtiera Orwell con enorme lucidez continúan reproduciéndose en las sociedades contemporáneas. Mismas en las que a menudo, entre los discursos de odio y las mentiras y beligerancia provenientes de los distintos centros de poder público y privado, parecería que la cordura y la libertad se reducen a actos tan esenciales como el que en algún momento escribe Winston Smith en su diario: «La libertad es la libertad para decir que dos más dos son cuatro. Si se admite eso, de ahí se desprende todo lo demás».
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