Una niña de siete años llamada Maud Martha Brown se sienta en su porche en Chicago a mirar los dientes de león –“joyas amarillas para todos los días de la semana, que tachonaban el remendado vestido verde de su jardín del fondo”. ¿Qué quiere? Quiere dar forma –forma, orden– a los diversos elementos de la vida, tanto aquellos que la rodean como aquellos que la habitan. Las ensoñaciones y los deberes, los hábitos irritantes y los rituales atesorados, los nudos de pesar y los estallidos de placer.
Lo que Maud Martha busca, persigue, es convertirse en la mejor versión posible de sí misma; crecer usando la mente y el corazón con inteligencia, enfrentando sus faltas y sus decepciones, abrazando esos momentos en los que “una podía pensar incluso en la muerte con una especie de euforia, y hasta con júbilo, podía sentir que la muerte era parte de la vida: que la vida era buena y la muerte también sería buena”.
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