En Falso profeta Gabriel Espinoza deconstruye elementos de su pasado. Voltea la mirada hacia la retrospectiva para construir una serie de historias que cumplen con la premisa fundamental de la crónica: cifrar lo universal en lo específico y permitir que el lector viva experiencias reales con las que se sentirá identificado. Falso profeta es, además, una posición política: no cederán de la esclavitud del trabajo y la modernidad líquida; una risa crítica ante la contemporáneidad robótica en donde pasamos más tiempo en lo virtual que en el mundo físico. La concentración es una virtud que se profesa poco. Desde su óptica, una suerte de periodismo de inmersión, nos adentramos en las grandes naves industriales que pertenecen a una de las transnacionales que más impactó ha tenido en el mundo. Es inmersión porque habita el espacio como un infiltrado y, de vez en vez, toca la máscara.
–Mateo Peraza
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