¿Cómo era escribir antes, cuando no había fechas de entrega ni reseñas críticas ni necesidad de promocionar nada? Antes: cuando la vocación tocaba la puerta suavecito, como una caricia y no como un garrotazo en la cabeza, y las personas lectoras eran apenas un espejismo; antes: sin colegas ni ambición, con inocencia y sin comparaciones; antes: cuando la escritura ocurría en un cuaderno íntimo desplegado frente a nosotras y teníamos por delante todas las tardes del mundo para ensayar con palabras el futuro.
Esa pregunta –esa angustia– late al centro de Escribir antes, un diario que acompañó a Sabina Urraca durante el proceso de escritura de su novela El celo, y en el que, con gran sentido del humor, reflexiona sobre el oficio literario, el inigualable bálsamo de la amistad, las peculiaridades de las personas que coinciden en los parques, la necesidad de crear espacios de libertad para una misma y las relaciones familiares agrietadas que nos pasamos la vida intentando restaurar.
Cargadas de pensamientos circulares que todo aquel que se haya enfrentado a la página en blanco reconocerá, Escribir antes revela lo que el oficio de la escritura puede llegar a ser: una manía inexplicable, un sufrir gozoso, un testarudo anhelo que le da forma al rompecabezas que somos.
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