Nicholas y Nakota son una disfuncional pareja que encuentra un agujero negro en el suelo de un almacén dentro del edificio donde vive Nicholas. Lo llaman «el Ojo Negro», no saben lo que es ni los horrores que contiene, pero la atracción que ejerce sobre ellos es inexorable. Nakota en especial, quiere poner a prueba los límites de este agujero aunque es Nicholas quien parece tener una relación especial con él.
Cero es una novela publicada por primera vez en 1991 por el sello Abyss de la editorial norteamericana Dell. Este sello, creado por la editora Jeanne Cavelos y que coge su nombre de la cita de Nietzsche «Si miras largo tiempo dentro del abismo, el abismo también te mirará a ti», pretendía publicar un nuevo tipo de literatura de terror que se alejara de tópicos del género como las casas encantadas, los niños diabólicos o los cementerios indios para centrarse más en el terror psicológico y experimental, y dar voz a escritores jóvenes y desconocidos. Cero es, desde luego, una buena muestra de ello. Atrayente, obsesiva y desconcertarte, es una novela que difícilmente resulta indiferente.
Traducir su título original, The Cipher, supuso un reto, pero este también refleja parte de los entresijos del libro. La traductora de la novela, Pilar Ramírez Tello, lo explica en el prólogo de esta edición: «Desde el principio supuse que el The Cipher del original se refería a la acepción más común del término: el código. Sin embargo, al sumergirme en la lectura me di cuenta de que había mucho más detrás. Porque cipher también significa «don nadie», lo que describe bien al protagonista. Y significa «cero», la nada, el vacío. Y resulta que es una de las letras del Alfabeto Supremo, donde representa el fin, el círculo cerrado, cualquier persona, lugar o cosa. Ahí queda eso: un título que resume a la perfección, sin fisuras, todo lo que es la novela. Al traducirlo como Cero, esperamos reflejar esa completa amalgama de significados. El vacío, el fin, el sinsentido, el don nadie, el código, el círculo cerrado.»
«Y un estallido de pelaje y
fluidos la golpeó en plena cara,
y ella gritó, hizo como si fuera
a arañarse con dedos torcidos
la suciedad de los ojos, y vi que
se le movía la rodilla sin darse
cuenta, tan cerca como para
horrorizarse, y la agarré y tiré de
ella a un lado justo cuando una
nube de aire dulce brotaba del
Ojo, un aire quizá comparable al
del mismo cielo.
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