Cincuenta y seis días antes de quitarse la vida, mi padre me envió una definición del amor. Una profecía que no supe interpretar. Tras su muerte, sólo me quedó el eco de una bala y un porqué hecho pedazos.
Le respondí con cartas.
En ellas no busco respuestas, sino un espacio para conversar con su ausencia. Un diálogo intimo para perdonar su elección y para descifrar si yo no supe ver su dolor, o si él nunca aprendió a mostrarlo.
Este libro es esa conversación, una herida que se vuelve ventana.
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