“...Sobre el océano y la tierra se cernía la niebla, densamente mezclada con humo; una lluvia fina caía perezosa sobre los oscuros edificios de la ciudad y sobre el agua turbia de la rada. En la cubierta del barco se habían reunido los emigrantes, mirando en silencio a su alrededor con ojos escrutadores de esperanza y de aprensión, de miedo y de alegría. - ¿Quién es ésa? -preguntó en voz baja una muchacha polaca, apuntando, asombrada, a la estatua de la Libertad. Alguien repuso: - El dios norteamericano...”
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